Quentin Tarantino acaba de cumplir años. Cincuenta y ocho. El que fuese enfant terrible se ha hecho mayor y, aunque sigue siendo un tipo travieso, ha madurado, al menos como cineasta. Porque gamberra y desenfadada Érase una vez en… Hollywood (Once Upon A Time in… Hollywood, 2019, 161 minutos) es una película de madurez y, casi, de despedida. La novena película del director nacido en Knoxville el veintisiete de marzo de 1963 es una película tan representativa de su cine como renovadora.

Lo viejo y lo nuevo en Érase…

Érase una vez en… Hollywood (en lo sucesivo Érase…), con ese título tan de Sergio Leone y tan de cuento, es una película totalmente made in Tarantino. Comparte con Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009, 153 min.), Django desencadenado (Django unchained, 2012, 165 min.) y Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015, 168 min.) un cierto revisionismo justiciero del pasado, cierta apariencia posmoderna (vinculada a la cuestión del punto de vista, el relato fragmentado y el tiempo no lineal), las características canciones y la música diegética, la duración, el recurso a la voz en off, el pastiche de géneros y referencias a todo artefacto de cultura popular que haya pasado en algún momento ante el director, incluidas sus propias películas, la presencia recurrente de actores y actrices del clan de Tarantino y, sobre todo, la estructura, con dos bloques de duración desigual y la violenta catarsis final con la que el cineasta ajusta cuentas con sus villanos y con la realidad.

Pero Érase… supone una expansión, renovación y refinamiento del personalísimo universo del cineasta. Érase… permite a Tarantino ampliar sus registros y recursos. Así el director tantas veces celebrado por sus diálogos, aquí desafía al público con el silencio. Aquellos silencios que a Mia Wallace (el personaje de Uma Thurman en Pulp Fiction, 1994, 154 min.) le parecían incómodos, se convierten, siete películas después, en la herramienta para sostener una escena como la del rancho o para construir el personaje de Sharon Tate (Margot Robbie).

Como la escasez de diálogos de Margot Robbie dio lugar a una absurda polémica, qué mejor que dedicarle unas palabras. La Sharon Tate de Érase… aparece siempre haciendo algo en pantalla y eso es lo que la define. Baila, ríe, siempre es simpática y bella. No necesita explicarse. Sharon Tate en esta película representa la bondad, la diversión y la felicidad. No requiere de muchas líneas de diálogo, desborda alegría, siempre trae luz y música a la pantalla.

Decir a estas alturas que Tarantino en cada película hace un pastiche de géneros y referencias no descubre nada, pero si merece la pena destacar que a los códigos y las formas de spaghetti westerns, thrillers setenteros de serie B, el wuxia chino y todas las variantes posibles de cine de artes marciales, etcétera, ahora incorpora abiertamente algo que en Los Odiosos Ocho había apuntado, las maneras del cine de terror.

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Cada una de las apariciones iniciales de la “familia Manson” merodeando por ese Hollywood del año 1969 debe mucho a Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock,1963, 119 min.), ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976, 112 min.) o La matanza de Texas (The Texas Chainshaw Massacre, Tobe Hooper, 1974, 83 min.). Eso sí, esa inquietante sensación que produce el grupo de Charles Manson es demolida a golpes por Cliff Booth (Brad Pitt) en el final de la escena del rancho. En adelante los miembros de esa secta serán constantemente ridiculizados en la pantalla.

Villanos y héroes en Érase…

Cuando la cinta fue estrenada en el aparentemente lejano verano de 2019, se hizo común decir que la película era una carta de amor al cine. Lo suscribiría sino creyese que, lo que encierra el noveno filme de Tarantino, es más bien una muestra de admiración y un homenaje a los que hacen las películas y las series.

Porque para Tarantino la ficción es el artefacto definitivo, el arma más poderosa, el juguete más divertido, la ilusión más misteriosa y lo que tiene un impacto más profundo, significativo y duradero sobre el espectador. Y Tarantino, como creador profesional de ficciones, sabe lo difícil que es ese trabajo, así que dedica las cerca de tres horas de metraje a agradecer su trabajo a todos los que participan en la elaboración de esos artefactos mágicos. Hay en Érase… una ternura desconocida hasta ahora en Quentin Tarantino, que abandona cualquier ironía para mostrar su amor verdadero. En sus tres anteriores películas Tarantino nos hablaba de lo que odia, pero no mostraba lo que ama. Eso lo había reservado hasta Érase…

La admiración por los héroes, los que hacen ficción en cine y televisión, es proporcional al desprecio por los villanos. La “familia Manson” mató el Hollywood alegre, siempre festivo y despreocupado, que deslumbró al Tarantino niño. Tarantino parece decir: «Esta vez es personal». Y se percibe una concienzuda intensidad en la demolición de cualquier asomo de fascinación por el mal o de prestigio contracultural hacia los acólitos de Manson. La película se ceba con ellos y nos dice que no merecen ser recordados sino como una broma ridícula y absurda. Tan pronto dejan de inspirar terror, estos sectarios se convierten en el objeto de todas las burlas. Tarantino usa sus ficciones como actos justicieros para poner a los villanos (nazis, esclavistas, racistas y a los miembros de la secta de Manson) en su justo lugar.

De qué trata Érase…

A pesar de las apariencias, la “familia Manson” no es el centro de Érase…, es apenas una presencia sin nombre en la periferia la historia, que, en realidad, es la del proceso de hacer una película -o una serie de televisión-. Érase… acompaña a tres profesionales del cine, en distintos momentos de sus respectivas carreras y con distintas aspiraciones. A través de esos tres personajes Tarantino cuenta cómo se hacen las películas. Lo que tienen de glamouroso y de sudoroso; lo que pasa delante y detrás de las cámaras; el rodar y el esperar; el fracaso y el éxito.

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Por eso el personaje central es aquel que menos se relaciona con los villanos de la función: Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), ese actor de cierto éxito ya pasado, en horas bajas que se plantea si debe continuar con su carrera en Italia.

Todas las interacciones de Dalton tienen que ver con las películas y series. Con él vivimos las entrevistas de promoción, la comida con el productor (Al Pacino) que debe poner en marcha nuevos proyectos, la memorización del guion, la sesión de maquillaje y la charla con el extravagante director, las charlas entre los actores mientras esperan que les llamen para rodar sus escenas (destacando la maravillosa secuencia entre DiCaprio y la actriz infantil Julia Butters), la publicidad, y, luego, claro, el rodaje, entre lo mágico y lo ridículo. Las inseguridades de Dalton permiten desarrollar escenas cómicas, porque más que ninguna de sus películas anteriores, Érase... es una comedia. DiCaprio está deslumbrante durante todo el metraje y especialmente con todas las escenas en las que está en el estudio para rodar su participación en la serie Lancer.

La vida de Dalton es el trabajo. Por eso, su mejor amigo es su doble de acción, Cliff Booth (Brad Pitt), abocado a ser el asistente personal de Rick, porque ya no le contratan para más películas o series. Sin poder acceder al terreno en el que se produce la magia, los estudios, Booth se mueve en los límites de la industria, hasta el punto de que vive en una caravana situada junto a un autocine, y en esos límites entra en contacto con los marginales, con los seguidores de Charles Manson y, en concreto, con Margaret Qualley (Pussycat).

El personaje de Brad Pitt emana carisma y convicción en cada momento. Nunca se queja de su situación, muestra una seguridad infinita en salir bien librado de cualquier situación, hasta de una pelea con Bruce Lee. Si el personaje de Dalton está construido desde el hablar, por eso sus atisbos de tartamudez son tan reveladores del personaje, y el de Robbie desde el hacer, como ya se mencionó, el Booth crece desde el estar. Su presencia dice quién es él.

Y todo lo que hace Pitt, puede parecer fácil, que le basta con ser más guapo y más chulo que nadie, pero merece cada uno de los premios que recibió por este papel.

La historia de declive de Cliff se contrapone al ascenso de Sharon Tate (Margot Robbie). Con ella, vemos, uno de los momentos más felices que ha ofrecido nunca el cine de Tarantino, la ya mencionada escena en la que asistimos a la magia que se produce cuando una película llega a su medio natural: una sala con público. Como todo gira alrededor de Dalton, Tate es su vecina, la joven actriz a las puertas del estrellato. Sobre esta interpretación ya hemos dado antes algunas claves, así que no insistiré más.

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Ver el talento, reconocer el esfuerzo

Una última nota. A lo largo de todo lo que ha rodado Tarantino, sea para el cine o la televisión, hay una declaración de intenciones y afectos: no se debe discriminar entre géneros y medios; en todas las películas y series, sean de las más elevadas piezas cinematográficas de vanguardia u oscuras producciones de serie B o Z de algún lejano rincón del mundo, puede aparecer el talento.

Esto no quiere decir que todas las producciones sean buenas, sino que hay que respetar el esfuerzo y talento que hay puestos en ellas. Esa forma de mirar ha permitido a Tarantino recuperar a actores -casi- retirados u olvidados, como John Travolta o Luke Perry, y dar oportunidades de lucimiento a los especialistas de sus cintas, como es el caso de Zoë Bell.

Ahora sólo queda esperar al próximo proyecto de Tarantino. Mientras llega su décimo filme hay tiempo para volver a disfrutar de Érase una vez en… Hollywood, esa película tan representativa como innovadora en el universo cinematográfico de Tarantino.