¡Prepárate para el apocalipsis zombi y haz sentirse a los muertos vivientes como en  un buffet libre de cerebros y vísceras! Para ello, nada mejor que un paseo por la historia de esta icónica figura cuyo origen se pierde en el Haití colonial y que hoy en día forma ya parte de nuestra cultura, convertida en un subgénero del cine de terror por méritos propios.

Zombis caribeños

Hoy nos centraremos en el zombi de la tradición vudú, un cadáver resucitado para convertirse en el esclavo de un hechicero, que lo utiliza para cualquiera de sus malvados fines. Los zombis caribeños fueron los primeros en infestar la gran pantalla allá por los años 30, y aunque su popularidad fue moderada, sin duda supusieron el germen de los muertos vivientes actuales.

La palabra zombi (el retornado, el que ha regresado de la muerte) hunde sus raíces en África. Desde allí, en el siglo XVII, viajó en barcos negreros hasta el Caribe. Personas con distintas lenguas, culturas y religiones, obligadas a trabajar sin descanso en plantaciones, y adoctrinadas por sus amos en el cristianismo. Y así, de esta sorprendente mezcolanza, nació la religión vudú en Haití, y la creencia de que es posible devolver la vida a un cadáver.

La razón de la inclusión de los zombis caribeños en el imaginario cinematográfico la encontramos en la ocupación estadounidense de Haití, que tuvo lugar entre 1915 y 1934. Allí, los estadounidenses se encontraron con la religión vudú y como suele ser costumbre en ellos, la estigmatizaron y demonizaron, llegando a utilizarla para justificar su presencia en la isla. Las historias sobre zombis, hombres y mujeres fallecidos devueltos a una vida sin alma ni voluntad por medio de ritos paganos, se extendieron pronto por el país, y fueron absorbidas por la maquinaria hollywoodiense. Entretenimiento y propaganda siempre han ido de la mano en la industria del cine.

La legión de los hombres sin alma

La primera película de zombis es La legión de los hombres sin alma (White Zombie, 1932). Dirigida por Victor Halperin, nos cuenta la historia de una joven pareja que es invitada por un terrateniente afincado en Haití a celebrar su boda en su plantación. Lo que desconocen es que éste planea conquistar a la guapa novia y para ello le pide ayuda a un hechicero vudú de ceja poblada (así, en singular) que lanza miradas muy intensas, interpretado por Bela Lugosi.

El filme carece de sangre y su narrativa resulta ilógica y bastante atropellada, aunque como curiosidad diré que incluye una escena bastante gratuita con lencería de la época, lo que ya de por sí justifica parte de su popularidad en su estreno. Además, el rol de zombi consiste en abrir muchos los ojos, no pestañear y mirar al infinito sin decir ni mú. Sin embargo, por su reducido metraje (apenas supera la hora) merece la pena el visionado.
Halterin también dirigió un intento de secuela, La rebelión de los zombis (1936), en la que el único rastro de Lugosi son algunos insertos de su miradita cejijunta e intensa, y que carece de conexiones con la película original, y en general, de calidad técnica y narrativa.

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Yo anduve con un zombi

La década transcurrida entre el filme de Halterin y Yo anduve con un zombi (I walked with a zombie, 1943), a cargo de Jacques Torneur, le sienta bien al género. En este caso, acompañaremos a la enfermera Betsy Conell, que viaja a una isla del Caribe para cuidar a la esposa enferma de un terrateniente, que languidece en un extraño estado catatónico. Allí descubrirá los ritos vudú y tendrá que hacer frente a sus miedos.

Torneur recoge el testigo de Halterin manteniendo elementos como la ausencia de violencia o la figura fantasmal de la mujer poseída vestida de blanco, aunque en este caso la atmósfera funciona mejor y juega con aquello que no vemos pero podemos intuir. Más que una película de terror, se desarrolla en un ambiente de misterio y suspense, bebiendo de las fuentes de Hitchcock y su Rebeca sin llegar, ni de lejos, a la brillantez de ésta. Pese a que alguna trama parece forzada (el romance entre la enfermera y el terrateniente), se desenvuelve de forma más fluida y natural que La legión de los hombres sin alma. Además, tanto la fotografía como la iluminación resultan sorprendentemente cuidadas y eficaces para un producto de serie B, pero no para el cine de Torneur (ya lo había hecho el año anterior en la afamada La mujer pantera, que aprovecho para recomendaros).

Como curiosidad, fijaos en los créditos iniciales, en los que se afirma que “los personajes y hechos mostrados en esta película son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas, muertas o poseídas es pura coincidencia”.

¿Aún con hambre?

Otras películas sobre zombis caribeños son Isla de sortilegio (Vodoo Island, 1957), protagonizada por Boris Karloff, y la británica La maldición de los zombis (The Plague of the Zombies, 1966).

A finales de la década de los cincuenta, los zombis surgidos del vudú fueron sustituidos por otros, cuyo origen responde a la situación política y social que se vivía en Estados Unidos en aquel momento. En mi próximo artículo, os hablaré de los zombis invasores.