Como todos sabemos, en los últimos veinte años la industria del cine ha cambiado en todos sus frentes. Sin embargo, el cambio más siniestro ha sucedido de manera sigilosa y en la oscuridad de la noche: la eliminación gradual pero constante del riesgo. Muchas películas actuales son productos perfectos fabricados para el consumo inmediato. Muchas de ellas están realizadas por equipos de personas talentosas. Aun así, les falta algo esencial: la visión unificadora de un artista individual. Por supuesto, un artista individual es el factor más riesgoso de todos.” (Martin Scorsese: “A qué me refiero con que las películas de Marvel no son cine”, comentario publicado en The New York Times el 11 de noviembre de 2019).

Scorsese habló y la polémica estalló. Las redes sociales ardieron, según reza el tópico. Tanto jaleo se montó que aficionados y profesionales se sintieron obligados a decir algo, a favor o en contra de lo que había dicho por el maestro Scorsese. Hasta el propio director se sintió en la necesidad de aclarar lo el sentido de sus palabras mediante una columna, de la que salen las palabras que abren esta reflexión, en el The New York Times. La palabra escrita, más reposada y atenta, efectivamente ilumina y abre la reflexión sobre el tipo de cine que se está haciendo y del que está por venir. Un debate mucho más sugerente, serio y que trascendía el clickbait que se movía a golpe de esos titulares tipo “Scorsese ha dicho que las películas de Marvel no son cine”.

En su columna, Scorsese esboza la evolución en la producción cinematográfica y advierte, alarmado, que hay un tipo de películas que lo tienen más difícil para alcanzar la exhibición en salas. Esas películas son las autorales, que no son necesariamente filmes de vocación minoritaria, sino las películas marcadas por la personalidad de su creador, un artista que quiere expresar algo y establecer una determinada visión de lo que cuenta. Normalmente ese creador suele ser el director, pero no siempre tiene que ser así. Hay proyectos que responden al interés de una actriz o de un actor por un determinado personaje, otros que son totalmente movidos por un productor y otros en los que la personalidad del guionista se sitúa por encima de los demás y es la predominante, la que imprime a un filme de sus obsesiones, intereses e inquietudes.

Lo que está en riesgo, según Scorsese, son las películas personales, esas en las que, independientemente de las tramas o historias que cuenten, las principales decisiones creativas las toma un autor movido por razones artísticas y no un grupo de personas atentas a motivaciones financieras. Para Scorsese en eso radica la diferencia entre el cine realizado como expresión artística y las películas como entretenimiento, entre las que estarían las de Marvel.

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Revisando en imdb o cualquier web similar se aprecia de una manera práctica lo que sostiene el director de The Irishman. En los créditos de las películas hay cada vez más personas identificadas como productores. Productores asociados, ejecutivos, asistentes, o productores a secas. Por tener más claro de qué hablamos, por ejemplo, una película como Lawrence de Arabia cuenta con dos productores, mientras que en Black Panther aparecen acreditados nueve. Y esto no es exclusivo de Marvel, la primera película de Star Wars, junto al director y creador George Lucas, figuran dos productores adicionales. En el episodio nueve de la saga galáctica, ese muy flojo ascenso de Skywalker, hay siete productores, entre los que se incluye el director J. J. Abrams. Cada vez más las principales decisiones para hacer una película se toman por comité.

La miríada de productores que pulula por oficinas y set de rodaje se encargan de vigilar que estas películas de alto presupuesto, y mucho merchandising asociado, sean rentables. Y lo hacen con análisis estadísticos y demográficos, pruebas de pantalla, proyecciones limitadas, reacciones con grupos focales, seguimiento de tendencias en redes sociales ,etc. Los resultados de su trabajo determinan desde el aspecto -estandarizado, cómodo-, a cambios en el guion, inclusión o eliminación de subtramas, chistes o personajes para llegar a segmentos específicos, re-rodaje de escenas, y todo tipo de cambios que, al fin y a la postre, afectan a la historia, los personajes y al sentido mismo de la obra fílmica.

Y, que conste, no es todo negativo en esta forma de trabajar. En algunos casos permite arreglar errores, reduce las posibilidades de grandes descalabros financieros y logra producir muchas películas que están bien o que son suficientemente buenas; no extraordinarias, pero que no ofenden. Entretenidas, correctas, impersonales y efímeras. Productos con impresionantes logros técnicos, que a nadie molestan, pero que no transmiten una visión singular (y, por tanto, que no son arte). Ni siquiera muestran el cuidado de las obras de los artesanos, son una forma de producción industrial, tanto porque repiten fórmulas (producción en cadena) como porque son trabajos en lo que más luce es la labor de los apartados técnicos, replicables de una cinta a otra, de un modo en el que, por ejemplo, las interpretaciones no pueden serlo.

En ese contexto de producción en el que la gran parte de las salas de los cines se suceden franquicias impersonales, cuando irrumpe una película distinta, de difícil clasificación y que expresa la visión de un autor individual reconocible, destaca mucho, como rarezas que es, atrae a esos aficionados que buscan algo diferente, quieren exponerse al diálogo con un creador y buscar una película que se quede con ellos. Algo duradero frente a las películas que se ven y se olvidan. Gusten o no, no es fácil olvidar una cinta de Winding Refn o de Lanthimos.

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¿Cómo se puede hacer una carrera artística en este medio profesional? Algunos cineastas están buscando repuestas para seguir sacando películas que no estén ahogadas por las exigencias/sugerencias de los productores. Veteranos como Steven Spielberg y Clint Eastwood han renunciado a grandes producciones, se han dedicado a realizar películas de presupuesto medio que dan prestigio a los estudios y no suponen un riesgo para las cuentas de resultados. Los jóvenes que buscan hacerse un nombre han entrado por los géneros más baratos, por ejemplo, el terror, con películas que se rentabilizan con facilidad en productoras como Blumhouse o A24 en las que los compromisos financieros no parecen abrumadores. Así, mientras las películas de acción o de aventuras casi han desaparecido, el cine de terror se ha convertido en un refugio para el renacido Shyamalan y para tipos como Ari Aster, Robert Eggers, etc. a los que se hace muy difícil encajar en sistema de producción de Disney, Warner y demás gigantes.

Cuando leemos a Scorsese, al igual que cuando vemos sus películas, es imposible no encontrar una voz personal, la de un autor que interpreta el mundo de una manera, como no puede ser de otro modo, personal, individual, singular. Y eso parece que a algunos les ofende. Y que sus palabras ofendan demuestra que, en realidad, Scorsese tiene razón y, a pesar de los malentendidos con sus declaraciones, vivimos en un tiempo de muchas películas entretenidas, correctas, pero cada vez menos películas singulares. ¿Ese es el futuro o aún hay espacio para las películas personales, de autor? Esa es la cuestión.