Este pasado miércoles arrancó la nueva edición del Asian Film Festival de Barcelona (AFFB), el mayor evento de difusión de cine asiático en España.  Este año está dedicado a Wong Kar-wai y, no podía ser de otro modo, «Into the Mood for Love» fue la película inaugural. El mítico cineasta hongkonés vuelve a ser noticia por el estreno inminente (principios del 2022) de Blossoms Shanghai, su primera incursión en el campo de las series tras un letargo creativo de más de 8 años.

La práctica totalidad de su filmografía podrá disfrutarse en pantalla grande y en óptima calidad a lo largo del festival, gracias a la nueva restauración en 4k de sus siete primeras películas (cortesía de Avalon).  Unos másteres que subliman la fotografía de Christopher Doyle y nos transportan, como nunca antes, a ese Hong Kong de cromatismos desenfrenados y pulsiones melancólicas.

Es la ocasión propicia, por tanto, para recuperar un pequeño ensayo de un servidor que trata de explicar brevemente el atrevido estilo de este aclamado autor a través del recuerdo y la memoria romántica.

El recuerdo profusado, el cine de Wong Kar-wai

Es una creencia popular que tendemos a recordar más los buenos momentos que los malos. Los recuerdos traumáticos se reprimen, los malos momentos se olvidan y el tedio se omite. Aunque lo cierto es que simplemente tendemos a recordar. Porque recordar es un acto casi involuntario. Un acto latente evocado por una palabra, una sensación, quizás una imagen.

Como la magdalena proustiana, las imágenes de Wong Kar-wai son una fuente evocadora de recuerdos. Contemplar cualquiera de sus películas supone una inmersión en la narrativa fragmentaria de la memoria, cuya singular temporalidad se construye sobre la experiencia emocional de los personajes. La capacidad de recordar es, por un lado, la prueba de que viven en un presente absoluto y al mismo tiempo su única vía de escape a ese mismo presente inevitable. Una vía más constante y resignada que la del sueño, como causa primera de la imaginación, de la inspiración creativa.

Sin embargo, la memoria humana no es perfecta. Mayoritariamente, los recuerdos son imprecisos, confusos, fragmentarios y reiterativos. Y así es, en parte, la filmografía de Wong Kar-wai, erigida en torno al romanticismo melancólico, sus imágenes se enmarcan frecuentemente en la nostalgia sentimental. Explorando obsesivamente un mismo tema: las relaciones amorosas perdidas o erosionadas por el tiempo. Representadas, hiladas narrativamente, mediante recuerdos o variaciones de un mismo recuerdo según es retrotraído a la memoria.

El recuerdo del amor perdido resurge en la memoria continuamente como un fantasma acechante. Days of being Wild, 1990.
Ashes of Time, 1994.

Como ocurre en 2046 (2004), con motivos visuales e imágenes que redundan en otras imágenes de su filmografía anterior – In the Mood for Love (2000), Falling Angels (1995) Days of Being Wild (1990). La soledad, la alienación de los personajes protagonistas es fundamental para entender el recorrido reminiscente que les devuelve a una relación en un tiempo encapsulado en la conciencia. Estableciendo un esquema narrativo de singulares rememoraciones que escapan de la linealidad temporal. Apenas guiadas por una voz en off que no deja de ser la voz de la conciencia inundando el ambiente emocional. Interrogando el pasado desde un presente indefinido y amargo.

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El motivo visual de un personaje mirando a través de sí mismo frecuentado por espejos.  Los personajes siempre parecen esnoñados esperando la vuelta de algo que jamás volverá. Una soledad propia o compartida. Arriba y abajo dos parejas de fotogramas de Into the Mood for Love (2000) y Falling Angels (1995).

De ello, se deriva la insistencia recurrente de alterar el tiempo, ralentizando o acelerando los fotogramas de sus filmes para lograr esas atmósferas que implican al espectador en el proceso mental de los personajes. Así como las bandas sonoras plagadas de boleros extranjeros y anacrónicos que codifican los sentimientos de cada escena. Un vicio musical que responde también al recuerdo del director de haberlas escuchado durante su infancia en la radio hongkonesa. También es marca de estilo irrenunciable, llevar al límite la iluminación para que canalice las emociones por encima del rostro, pues son emociones que desbordan a los personajes hasta el punto de defectuar el fotograma tal como se defectúa el recuerdo. Sean emociones frenéticas y entusiastas o meláncolicas y depresivas.

Algunos ejemplos. Arriba, un fotograma de Fallen Angels (1995) donde se ha implementado la técnica step-printing (duplicación de fotogramas) para generar una sensación de destiempo del personaje respecto al entorno. Abajo, un fotograma de Chungking Express (1994) donde la luz de las velas, en primera línea, desvía la atención de los personajes, dejando una marca indeleble que escora los diálogos.

Con todo, retrotraer, reconstruir el pasado en el presente implica una nueva experiencia creativa. Para Wong Kar-wai es un acto de belleza: “Incluso el recuerdo amoroso más doloroso es embellecido por la memoria.”[1] El preciosismo de sus imágenes no responde a un capricho estético, sino a la misma voluntad de crear una atmósfera que se respire por todos los sentidos y acerque al espectador a la pasión contenida, al entresijo perdido de la memoria de los protagonistas.

El artificio del recuerdo se manifiesta con el motivo visual más recurrente en las películas de Wong Kar-wai, el espejo. Into the Mood for Love, 2000.
Eros: The Hand, 2004

De tal modo, la intrascendencia de un encuentro casual en la escalera del portal, de una comida cotidiana, de la pausa del cigarrillo… se ven elevadas por la potencia de los colores en escena, por el flamante vestuario y el atractivo físico y material de su conjunto. Aun con todo, siguen siendo huellas de un esplendor fugaz, mementos. “Todo se filma y se visualiza, en definitiva, no como si estuviera sucediendo sino como si se estuviera recordando. Envuelto en una neblina de tristeza y de melancolía, pero también de idealización de la belleza que embriaga y disuelve las tentaciones” [1]

Wong Kar-Wai concibe, pues, un cine sensitivo, encarnado en el romanticismo y construido sobre la memoria emocional, por ende, la propia vida.

Al fin y al cabo, ¿Qué es una vida sin recuerdos?

 

Into the Mood for Love (2000)

 

 

 

 

[1]: Heredero, Carlos F. Wong Kar-wai. La herida del tiempo. Ediciones Cátedra, 2018. (Especial vigésimo aniversario Into the Mood for Love, Cine Wong Kar-Wai)

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